
El 4 de abril de 1968 el cuerpo de Martin Luther King junior todavía estaba caliente. Un disparo en el balcón de su habitación del Hotel Loraine, en la ciudad de Memphis, Tennessee, le cortó la respiración, y el reverendo se transformó drástica y dramáticamente en una leyenda negra que dio relevancia mundial al pacifismo.
Yo tengo un sueño… será un discurso que traspasará tiempos y fronteras, y unirá visiones de las minorías que creen en el cambio con un anhelos de paz. Un sueño que James Earl Ray, su asesino, multiplicó sin querer.
Sin embargo, eran épocas de miradas distintas. Poco años antes del asesinato, Malcom X había llamado a los negros a radicalizar posiciones. Los blancos eran explotadores y había que derrotarlos en su cancha, con sus métodos. Y pese a que poco a poco su discurso se fue moderando, en el 68 la población norteamericana estaba exaltada, polarizada y ansiosa.
Entre discursos, panfletos, violencia policíaca, quemas y piedrazos, un negro de pelo liso -o peloláis- se vestía de rey del soul y se preocupaba más del funk y del groove que de otra cosa.
El 5 de abril el caos reinó, ardieron 125 ciudades en 28 estados norteamericanos. Algunos grupos les quitaron a las autoridades el control de varios centros urbanos y el paso de las masas destruyó símbolos represivos. Hubo saqueos mientras el Presidente Lyndon Johnson mandó a 50 mil militares a imponer el orden. La policía no se atrevía a entrar en algunos lugares. La tesis del asesinato apuntaba a una conspiración de altas esferas.
¿Y qué tiene que ver James Brown en todo esto? La población de Boston no escapó al malestar que se ramificaba por todo Estados Unidos. Y precisamente el astro del soul preparaba un concierto en esa ciudad. Fue entonces cuando el alcalde del lugar, que paradójicamente se llamaba Kevin White, le rogó al músico que pudieran transmitir el show por televisión. Brown, aunque algo turbado, accedió. Era su época de mayor apogeo y sintió que, junto a su banda, ese día podían conseguir algo de calma. Su presencia también representaba el riesgo de que algún enfermo quisiera volarle los sesos. Pero no desistió. Los gritos desesperados de ¡Mataron al Dr. King!, que corrían de lado a lado por Norteamérica y el mundo, esa noche disminuyeron la efervescencia que, al menos en Boston, fue amainada por los acordes de la banda del soulbrother o godfather of soul, como el lector prefiera.
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Visceral, rítmico, intenso, torrencial, genial, muchos cosas se podrían decir sobre el Rey del Soul, y sobre su explosivo directo de Live at the Apollo, pero lo mejor es intentar reproducir la experiencia en los salones de sus casas y el disco que nos ocupa girando en el gramófono.
Brown se deja acompañar para la ocasión por los excelentes The Flamous Flames & Band, que en todo momento se compenetran con el artista en su endiablado sentido del ritmo. Una buena muestra de ello es la introducción de “Lost Someone”, a la que Brown responde intercambiando fuego y delicadeza, momento en que uno se pregunta si Janis Joplin bebía de Aretha Franklyn o del propio James Brown a la hora de articular su voz.

